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UN YANQUI Y EL SISTEMA ELECTORAL La CAV con elecciones en ciernes y, por fin, los americanos tienen su presidente. Si diéramos con uno de ellos, tendríamos la ocasión perfecta para enseñarles cómo hay que votar y que se dejen de recuentos en la prórroga. Para empezar, contaríamos al yanqui que aquí es todo más democrático, ya que nosotros otorgamos los escaños en proporción a los votos, no como ellos. Aún así, tenemos unos defectos que sabemos reconocerlos. Nuestra concepción política es tan real, que asumimos lo malo del sistema; como que los grandes beneficiados de las listas cerradas y bloqueadas (única cosa que podemos votar) son nuestros partidos. Pero es que, al velar tan bien por nosotros, se hacen imprescindibles para el sistema y, por eso, sus ejecutivas se constituyen en castas, en elites cerradas que se perpetúan en el poder. El amigo americano, de todos modos, pensaría que si nuestro sistema obtiene los representantes a través de este proceso de listas cerradas y bloqueadas, lo lógico es que los electos sean desconocidos y, en su mayoría, normalitos. Su función parlamentaria se reduce a obedecer las instrucciones del jefe del grupo para votar una cosa u otra. Esto significa que está al uso un mandato imperativo, contraviniendo lo establecido en la Constitución: un mandato representativo. Con lo cual, habría que aclarar al amigo que nos importa más la obediencia que la valía y que nuestra Carta sólo es Magna cuando conviene. No como la suya. Ya de paso, convendría explicarle que, así como en EE UU tienen un sistema de partido único (sólo que parecen dos), lo nuestro es, en realidad, un Estado de Partidos. Aquí, elegimos un partido de tal forma que hasta nos creemos que el escaño le pertenece a él y no al señor diputado. Y es que somos tan modernos, que hemos asumido que la división clásica de poderes ha pasado a mejor vida: sufrimos la disfuncionalidad de un Parlamento que sólo legisla cuando es la misma cosa (partido) que el Gobierno y sólo controla cuando el Ejecutivo no ejecuta. Si el americano, luego de admirarse con nuestro estoicismo, se entretuviera con la cautivadora Ley Electoral de la Comunidad Autónoma, le llamaría la atención que de entre las características del sufragio se haya suprimido la igualdad del mismo, pues es algo que acostumbra a ser condición sine qua non de los estados democráticos de derecho, sobre todo de los más modernos. “De nada vale un hombre, un voto si el de uno vale más que el otro”, pensaría el yanqui. Nosotros le aclararíamos que esto se debe a la equiparación territorial. Dicho de una forma; se precisan menos votos en Álava para obtener un escaño. Dicho de otra; el voto de un vizcaíno vale cuatro veces menos que el de un alavés y la mitad que el de un guipuzcoano. Pero es que nuestra idiosincrasia es muy compleja y, total, tampoco influye demasiado en los resultados. Sin embargo, imaginemos que el yanqui sabe de números y quiere igualar el voto: estudia los sondeos, considera a la CAV como una única circunscripción, calcula los escaños que corresponderían y hace una comparación de previsiones con el sistema actual:
Como gente franca, reconoceríamos que el cambio es mayor que el sospechado. Pero tocar este tema podría liarla. El americano, algo crecido, trata entonces de vendernos las bondades de su vetusto sistema mayoritario. Recordaría que una reforma que respete el sufragio universal y la representación popular, que mediante elecciones permita a los ciudadanos designar a los gobernantes y privarlos de poder cuando sus mandatos expiren, es una reforma, en principio, tan democrática como el modelo anterior. Así pues, en un ejercicio de paroxismo, imaginemos que tras reformas constitucionales imposibles, referéndum incluido, se implanta ese sistema mayoritario que tanta hilaridad nos produce. Inventemos una nueva división territorial de setenta y cinco circunscripciones uninominales en la CAV con una media de 23.323 votantes, uniendo municipios y dividiendo grandes poblaciones en distritos. Suponiendo que cada individuo mantuviera el sentido de su voto pese al cambio de sistema, y si el escaño de cada circunscripción lo obtuviera la formación que lograra más votos, en el mapa inventado tendríamos estos resultados (atendiendo a los resultados de Autonómicas 94):
Evidentemente, este reparto no representa. El americano, sin embargo, nos explicaría que si el sistema fuera mayoritario, estos resultados no se darían, ya que se cambiaría el voto. Puestos a elegir, un votante prefiere que de las dos candidaturas con más peso gane una sobre la otra. El votante escogería, por tanto, una opción que no habría elegido con el sistema electoral actual. En consecuencia, el sistema mayoritario haría cambiar el voto de un partido pequeño a uno mayor con posibilidad de triunfo. Esto también lo sopesarían los partidos políticos, que buscarían alianzas públicas con otros partidos para presentar juntos al mismo candidato. Con este sistema se acostumbra a terminar en un bipartidismo con dos focos ideológicos: el de la izquierda y el de la derecha. Pero para confusión del yanqui, y regocijo nuestro, le contaríamos que por estos lares el eje izquierda vs derecha lo tenemos relativamente superado, pues navegamos en una socialdemocracia al uso que unos matizan más y otros menos. Más bien, es cuestión de talante. En Vasconia, el eje claro de la política es nacionalista vs nonacionalista. Estadísticas en mano, en la segunda opción de voto, más o menos, un nacionalista seguirá votando nacionalista y un nonacionalista seguirá votando nonacionalista. Y como a los partidos políticos les condicionan las características de su electorado potencial, sus alianzas también girarán en torno al eje nacionalista-nonacionalista. Incluso podríamos dar al amigo americano otra sorpresa: el resultado de su propuesta no sería tan novedoso como supone. En realidad, nuestra esquizofrenia ha logrado casi lo mismo que su sistema mayoritario. ¿Acaso no padecemos ya la existencia de dos bloques? Decididamente, el yanqui zozobraría. Nos parecemos a su sistema en cuanto que el político pertenece a una casta que se perpetua en el poder y que, en realidad, hay poco donde elegir para una sociedad tan heterogénea. Pero, además, resulta que asumimos casi complacidos nuestras contradicciones: el voto es desigual; los poderes no se dividen; los electos brillar, no brillan; y los pactos se cierran en el reservado de un restaurante. En fin. Podríamos preguntarnos si los pecados de su sistema mayoritario son tan capitales como los del nuestro. En todo caso, no demos lecciones.
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Algunos artículos publicados |
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· Un Yanqui y el Sistema Electoral Vasco (OPINIÓN en EL CORREO 17/01/01) · Van a Matar a una Persona (OPINIÓN en EL CORREO 15/07/01) · Judas: Réquiem in Pace (OPINIÓN en EL CORREO 29/03/2002) · El Diezmo o el Feudalismo de las Letras (SATIRIA.COM 25/01/02) · Un Informe Comprometido con una Realidad Inclusiva (EGUNERATUZ abril 2005) · Satisfacción de las personas en Lantegi Batuak (SIGLO CERO abril-junio 2006). |
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VAN A MATAR A UNA PERSONA Sabemos que van a matar a una persona. Y deseamos que ocurra tarde, muy tarde, rozando el nunca, aunque ya no creamos en el nunca. Es realmente desasosegante. Poco a poco, tanta miseria se va haciendo intrínseca a nosotros. ¿Formará la vergüenza parte de nuestra idiosincrasia? También nos duele el país... y no hay anestesia. Somos el colmo de la impotencia. Los muertos de ayer siguen en sus tumbas sin poder revolverse, y los de mañana con su miedo: sin que nadie se les ponga de escudo y sin que su miedo importe a muchos. Nuestra intención de paz se ha quedado en eso, en intención. Parece el castillo de Kafka: siempre está igual de lejos. Es un panorama negro, sin luz en el horizonte, e incluso sin horizonte. Pero, aun estando a oscuras, no nos resignamos. No podemos ser absolutamente fatalistas. Es nuestra naturaleza. Tal vez, la parte más animal de nuestra humanidad siempre lucha. Nos empeñamos en un futuro mejor con un presente lleno de sangre. Y es esta una lucha objetivamente estéril en la que se confrontan nuestra impotencia con nuestra resistencia, querer con no poder... es fácil que también seamos el pueblo más frustrado. A pesar de no resignarnos, tarde o temprano, racionalizamos lo que nos rodea y nos decimos que la paz no es posible. Es un descubrimiento horroroso. Es como ascender un plano en la consciencia y descenderlo en la gracia. Somos crueles, somos humanos y no somos inocentes. ¿Quién que abra los ojos puede creer en la paz? ¿Quién, si sabemos que van a matar a una persona? Ya no hay lugar para la fe porque estamos hartos. Hartos de muchas noticias, de muchos políticos y de muchos tertulianos. Hartos de muchas cosas. Algunas se cacarean y otras no. Dice un personaje de Delibes, “estoy de acuerdo con lo que dice, pero no con lo que calla”, tal vez haya pues que decir lo que se calla. Lo cual es, paradójicamente, la empírica cruel: los hechos. Y los hechos son: 1) Toda nuestra vida (y más) ha estado acompañada de violencia ciega y brutal. Hemos visto matar a muchas personas y la clase política no lo ha resuelto. Sin embargo, los partidos siguen insistiendo en que con ellos (con cada uno de ellos) en el poder, la paz será más factible. 2) Las condenas y las manifestaciones han resultado inútiles. Sólo valen para autocomplacerse. Casi son un fin en sí mismas. Además, y no lo olvidemos, la calle es de todos (del sistema un día y del anti-sistema al siguiente), y en la calle nadie gana nada... al menos en un Estado de Derecho. 3) Por otra parte, los silencios de las manifestaciones no los escucha quien mata. En realidad, sólo los políticos parecen escucharlo y lo interpretan a su gusto, a su necesidad. Esto es; convierten el silencio en un clamor por sus ideas. Manipulan el dolor para sacar votos... Es difícil encontrar algo más inmoral que esto. Así que, ya que vamos a tener otras elecciones en este pueblo humano y frustrado, sería deseable que ningún electo se erija en paladín ni de la paz ni de la democracia. Los políticos no deben trocar nuestro dolor por su poder. Sería deseable que no se nos humillen ni se nos ridiculicen por un voto, pues dicen representarnos y su dignidad se convierte en parte de la nuestra. Lo más deseable, sin duda alguna, sería que los electos se decidan a interpretar de motu proprio cuál es la voluntad del pueblo, y no la de su partido. Llegados a este punto, si fueran a matar a una persona, entonces la paz no existiría ni como idea. |
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JUDAS, REQUIEM IN PACE Casi todos piensan que hay que ir al infierno para encontrarse con Judas Iscariote. Judas ha sido, probablemente, el personaje más vilipendiado en la historia occidental de los dos últimos milenios. Mateo se encargó de llamarlo ladrón (sin conocerlo) y Juan de decir que estaba poseído por Satán. Tampoco se olvida de él el diccionario de la RAE, pues ser un judas es ser (1) un alevoso, un traidor, cuando no (2) un gusano o (3) un muñeco de paja. Con independencia de la religión, si nos desproveemos de la fe y de los credos y nos quedamos en cueros con nosotros mismos y con nuestra razón, hay que entender que queda, cuanto menos, un poso de duda en toda la Biblia, en la vieja y en la "nueva". Incluso olvidando que a Dios le dio por hacer milagros hasta la Edad Media (salvo en estelares y recientes apariciones), hay que mantener la duda sobre si el Nazareno anduvo por encima de las aguas y sobre si Judas fue tan malo y tan traidor. En este sentido, autores como Graves, Messadie o Ambelain han apuntado a que Judas Iscariote estaba lejos de ser un traidor. Al menos, lejos de ser un alevoso traidor. Por una parte, hemos de olvidar que Judas entregara a Jesús por dinero. Los treinta siclos que menciona el Testamento sí eran el precio de un esclavo siglos atrás (Ex 21, 32), pero en la época de Jesús equivalían a unos ciento veinte denarios, cuando un perfume costaba trescientos. Por otro lado, Jesús era un alborotador. Era un profeta y un mago que estaba creando otra secta dentro del judaísmo, y que estaba acusado de blasfemia por insinuar ser el mismísimo hijo de Dios. Delitos de fe, en suma. Por tanto, dineros a un lado y con la ley judía en la mano, Jesús tenía que ser puesto a disposición de la autoridad religiosa judía; el Sanedrín, el Consejo Judío. Quizá para Judas la gran traición habría sido no actuar como lo hizo; dejar que los alborotos de Jesús siguieran poniendo en peligro a todo el pueblo y a la autoridad del Sanedrín. Así pues, en el peor de los casos, podría achacarse a Judas anteponer la seguridad de Judea a la libertad de una persona. Quizá también fue el propio Judas el que se sintió traicionado ya que, en un principio, la revolución del Jesús Cristo parecía que iba a ser más terrenal que celestial, con más sangre que rezos. Y al no ser así, al no haber ejércitos de espadas ni sediciones, se vieron decepcionadas las expectativas de los sicarios (iscariotes) y de los zelotas, entre otros muchos. Pero es más; para mayor descargo de Judas, hay otra versión sobre los motivos de su "traición". Unos motivos que no entendería Juan, el único evangelista que conoció al Nazareno. Y es que pudo ser que el propio Jesús encargara a Judas su entrega al Sanedrín. "Uno de vosotros me entregará" o "Lo que vas a hacer, hazlo pronto" pudieron haber sido más unas órdenes que una premonición. Y si fueron órdenes, ¿con qué motivo? Quizá porque en aquel momento lo más inseguro fuera permanecer en la calle o escondido en casas ajenas. O quizá porque, en el fondo, Jesús esperaba otra cosa de sus paisanos y colegas del Sanedrín. Esto no tiene que sorprender demasiado. En Palestina había mucha política y tres poderes: Herodes, Roma y Sanedrín. Pululaba cantidad de sectas, de místicos, de profetas. Los intereses eran muchos: "nacionalistas", imperialistas o contemplativos. Los acuerdos y las alianzas se hacían y se rompían. Los tejemanejes de los reyezuelos Antipas eran de telenovela. El procurador romano hacía lo que fuera para imponer su pax, incluso lavarse las manos. Y, por último, se contaba con un Sanedrín mal avenido pero que, al menos, lo componían rabinos judíos (el amigo José de Arimatea incluido). En éstos últimos pudieron haber confiado Judas y el mismo Jesús. Sin embargo, aquella noche de jueves el Sanedrín no contaba con quórum y andaba algo revuelto. La decisión que adoptó de llevar a Jesús a Herodes fue inesperada. Acudir también adonde los romanos fue otra sorpresa. Los últimos paseos de Jesús, yendo de un palacio a otro, demuestran que era una auténtica patata caliente. Al día siguiente, también fue inesperado que se prefiriera la libertad de Barrabás a la del Nazareno. En definitiva, la decisión de crucificarle fue bastante rocambolesca y sorpresiva. Pero esto hay que achacárselo al Sanedrín, a Herodes, a Pilato y al pueblo. Y no a Judas. Él había cumplido con su deber y el destino cumplió con el suyo. Tranquilamente, Jesús, con su capacidad de movilización y de persuasión pudo haber sido una pieza importante en el puzzle palestino. Un aliado poderoso para cualquiera de las fuerzas. Él lo sabía, y pudo así haber sido más ortodoxo con el Sanedrín, más maquiavélico con Pilato o más sumiso con Herodes. Pero no fue nada de eso. Las cosas no discurrieron como se esperaban. El proceso que llevó a la crucifixión fue anormal. Y Judas el Iscariote, el hombre que, por un motivo o por otro, obró en conciencia, vio que se había convertido en una marioneta del destino. Por su intervención, no por su voluntad, otro hombre murió en la cruz. Y dicen que entonces cometió su mayor pecado: quitarse la vida por soberbia y por no creer en el perdón de un Yahvé muy dado, hasta entonces, a las plagas y a los castigos severos. En cualquier caso, quedémonos con que Judas pudo obrar de forma coherente y adecuada; con que la cosa se fue de las manos; y con que, al final, se arrepintió hasta no poder soportarse. Quizá Judas no fuera tan judas. Réquiem in pace.
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